Dos personas, Maruja Torres periodista, corresponsal de guerra y ganadora de premios
literarios como el Nadal y el Planeta y Santos Juliá, Catedrático de Historia
Social y Pensamiento Político, autor de diversos estudios sobre la materia, se
acercan, desde diferentes ópticas, a lo que debería ser el destino del Valle de
los Caídos y llegan a la misma conclusión aunque con técnicas diferentes.
MARUJA TORRES
Posiblemente es cosa de la edad -algunas viejas nos
volvemos muy radicales- pero tengo una solución perfecta para el Valle de los
Caídos: volarlo. Dado que los caídos están bajo tierra, ¿qué mal habría en
organizar una implosión controlada para que, en la superficie, los ángeles
guerreros y exterminadores y las dolorosas mitad monje-mitad soldado se
convirtieran en polvo?
He aquí algo a lo que podría dedicarse el ingenioso
Gobierno saliente en sus horas libres, hasta que el presidente Mariano saque de
la sombra a su gabinete y asuma el cargo, o viceversa. Una sana voladura
pública dejaría, al menos, un buen recuerdo en gran parte de la población.
Tendría que ser una cosa rápida y limpia, realizada a la luz del día, a ser
posible en un día con mucha luz. Un mensaje claro a la población: aquí lo
tenéis, décadas de oscurantismo y opresión, mareas de sufrimiento encarnadas en
la más infame categoría del granito, a tomar por saco en un santiamén. De
inmediato, y antes de la toma de posesión del entrante, se replantan árboles y
arbustos y céspedes y flores a troche y moche, y se colocan lápidas a los seres
queridos, eligiendo cada cual como buenamente pueda. No sea que lleguen los de
Valencia y pidan una recalificación.
Sobre las tumbas de Franco y de José Antonio se
disponen simples jaulas, con un par de carteles: "Nunca más" y
"Prohibida la peregrinación y el culto a este par de pájaros. Nostálgicos,
a la Almudena".
Si quieren que los españoles nos reconciliemos, que
sea en un prado, y que sea después de haber pulverizado los símbolos del
horror, y de haber dejado bien claro, para los tiempos venideros, quién lo
produjo.
El Valle de los Caídos es una ofensa estética que
encarna perfectamente la infamia de la que venimos.
SANTOS JULIÁ
El 25 de enero de 1942 realizó el general Franco una
visita a la abadía benedictina de Montserrat. Allí, el abad mitrado, Antoni
Maria Marcet, rodeado de obispos y superiores de órdenes religiosas, lo recibió
como "instrumento de la Providencia", agradeciendo a sus ejércitos, victoriosos
"contra la furia de sus enemigos", la devolución a los monjes de
"sus templos y hogares y con ellos el ejercicio de los derechos de
cristianos y españoles". Franco, entronizado en la basílica bajo palio y
en loor de multitud, recordó la Cruzada y mostró su alegría por haber liberado
"a España de las hordas rojas".
De nuevo bajo palio, de nuevo rodeado de cardenales,
obispos y monjes, de nuevo en loor de multitud, el 1 de abril de 1959, Franco
visitó otra abadía benedictina, recién construida en roca viva, bajo una cruz
colosal erigida a la memoria de los caídos en la Cruzada. Allí, ante otro abad
mitrado, Justo Pérez de Urgel, y su ilustre y nutrida audiencia, sentenció una
vez más: "La anti-España fue vencida y derrotada".
Y ahora, tantas décadas después de tan gloriosas
efemérides, una comisión de expertos propone a un gobierno en funciones,
incapaz de resolver por sí mismo el futuro de aquel horror de monumento, que
negocie con la Iglesia católica el traslado del cadáver del general allí
enterrado, de manera que se proceda a "resignificar" todo el conjunto
monumental como lugar de reconciliación y de memorias compartidas. Donde los
fundadores erigieron un monumento a la gloria de los que dieron su vida por
Dios y por España, los expertos, previo el obligado trabajo de resignificación,
quieren fundar, "sin destruir ni cambiar nada", un Memorial a las
víctimas de "los dos bandos".
¿Puede dotarse a una gigantesca cruz sobre una
enorme basílica de un significado no ya distinto sino contrario a lo que en sí
misma significa? ¿Cabe la "relectura" de un monumento extrayendo de
él un sentido contrario al que se deriva de su texto en piedra? Los expertos
dicen que sí, porque "como no son las piezas, los soportes, quienes poseen
la fuerza comunicativa sino el relato que emana de su fundación, lo que procede
es un discurso que desvele el significado global del proyecto".
O sea, las piezas y sus soportes, la colosal cruz y
la basílica, son mudas, no dicen nada; lo que importa no es lo que en sí mismas
significan, sino el relato que acompañó su fundación. Cambiemos, pues, de
relato, y cambiará el significado del monumento.
No será "empresa fácil", escriben, y por
eso proponen abordar esa resignificación del Valle "de una manera
global", con una "actuación integral" que proporcione a los
visitantes la relectura completa del conjunto monumental. Para lograrlo, los
expertos sugieren la construcción de un Centro de Interpretación, situado a la
entrada de la basílica, de la que se habrá retirado el cadáver del general
Franco. El visitante, antes de entrar en lugar sagrado, habrá de tomar una
especie de ducha laica, impartida en el Centro, de la que saldrá empapado de
relectura y de resignificado. Y ¿quiénes serán los que impartan esa relectura,
quiénes serán los muñidores de la resignificación? De eso nada se dice, pero es
curioso que encarguen la tarea de resignificación a un centro oficial que
necesariamente habrá de estar bajo control del Estado.
Dejando aparte discusiones teóricas sobre los
límites de la interpretación y representación del pasado -ni aunque se
arrepintieran todos los nazis se podría nunca reinterpretar Auschwitz como
lugar de reconciliación- una cosa es clara en esta propuesta: los estragos que
han provocado las amenidades posmodernas cuando reducen la realidad, pasada o
presente, a mera construcción discursiva. Pues por mucha relectura y mucha
resignificación que caiga sobre sus piedras, el Valle de los Caídos nunca será
un monumento a la reconciliación ni un lugar de memorias compartidas. Es el
monumento erigido al triunfo de la Nación Católica por un dictador, tras una
devastadora guerra civil, resignificada, ella sí, como Cruzada en el relato
mítico de los obispos. Eso fue en su origen, eso era a la muerte del dictador,
eso es hoy, y eso será siempre que, bajo la sombra y el peso de la cruz, se
mantenga en pie la abadía y no se derrumbe la basílica.
Hay, con todo, en el informe un motivo de esperanza
para el futuro: el conjunto amenaza ruina y serán necesarios millones de euros
para taponar las filtraciones de agua en la basílica y rehabilitar el deterioro
de los grupos escultóricos. Dejemos, pues, que la madre naturaleza siga su
curso y resignifique por sí sola como campos de soledad, mustio collado, todo
el conjunto monumental. Abandonemos, con o sin Franco en su tumba, aquellos
parajes a las nieves del invierno y a los soles del verano hasta que surja otro
poeta que cante: "Este llano fue plaza, allí fue templo
Mira mármoles y arcos destrozados / mira estatuas
soberbias que violenta / Némesis derribó, yacer tendidas / y ya en alto
silencio sepultados / sus dueños celebrados..."
Nunca lucirá más hermoso que en sus ruinas el Valle
de los Caídos.
2 comentarios:
La verdad es que el tema es para tomárselo con el sentido del humor de Maruja Torres. Si se piden votos..... ahí va el mío. Minervina
Por si se recalifica, como dice Maruja Torres, volarlo es una solución; aunque, los que lo edificaron, espero que ya hayan traspasado el momento, no sea que recuerden, la de vidas que allí se quedaron, y cuánto esfuerzo inútil.
Según Santos Julià, que el abad de Montserrat, considerara al General Franco, como Salvador de la Patria, me hace pensar que se vio en inferioridad de condiciones, por aquello del centralismo y la periferia...y una periferia dando en nacionalista.
De todas maneras visto el monumento, mejor lo eliminan y encima un jardín, y sus huéspedes "importantes" a un cementerio, que sólo son dos.
Publicar un comentario en la entrada